Hoy me voy a pelar. Como siempre, una vez al año. Ha tocado ahora, porque las últimas veces, lo hacía al final del verano y era un verdadero martirio. Cada vez que entro en una peluquería recuerdo la primera vez que me pelaron. Y a pesar de la edad (no sé, tendría un par de años como mucho…) recuerdo aquello como una experiencia de lo más traumática. Fue en Cantillana. En la peluquería de “Chorosquito”. Recuerdo los mechones de, por aquel entonces, rubio y rizado pelo, y yo llorando como si me estuvieran matando. No podía ver como caían mis rizos al suelo. Cada vez que caía uno, era como si me partieran el alma. Yo llevaba unos pantalones rojos, y no me atrevía ni a quitarme los mechones de él… Cosas de críos, pero que tienen su fundamento: si nadie te dice que el pelo va a volver a crecer, aunque no te duela el corte, no quieres que te lo quiten. Sigue vigente: hay personas que desaparecen de tu vida, y no necesariamente han de morirse para que te duela su partida. Duele su ausencia. Duele su partida. Duele su pérdida.
Por ello, no me gusta pelarme.
Hoy me corto el pelo.
Espero que sea lo único que me duela.