Aunque más bien, tendría que hablar de espirales ya que tengo la sensación de no cerrar nada nunca. De hecho no me sorprendería nada que cualquier día me encontrara a alguien en mi casa sentadito en el sofá viendo la tele por dejarme la puerta abierta. Pues el título de esta entrada se refiere al curso de italiano, al hotel y a otras cosillas menores. Terminamos ayer con un examen el nivel “A 2″. Si todo va bien, en septiembre seguimos. Pelín enganchado estoy a esto del italiano. Y en el hotel, de nuevo “vacaciones obligatorias”. Los directivos se reúnen en agosto para decidir si hay o no pianista este año, y si lo hay, si entra en septiembre o en octubre. ¡Qué plan! De momento, los días de la semana están libres para un montón de cosas (verás qué pronto se ocupan).
Hablando por hablar, me topé ayer con una vieja partitura de Chopin (su “Preludio” del op. 28, nº 4). Una pieza que tenía olvidadísima y que es una delicia tocarla y escucharla. Pero os aseguro que tocarla es… una sensación indescriptible, como todo Chopin. Se eriza la piel, saltan las lágrimas, el corazón se encoge… Grande Chopin. Grande. ¿Qué le pasaría a este buen hombre por la cabeza cuando compuso esta pequeña maravilla? ¿Las conexiones neuronales de estos tipos son las mismas que la del resto de los mortales? Realmente lo dudo. ¡Qué duro para gente como ésta vivir en un mundo como éste!
Vamos, que me “viá tomá una frehquita” a tu salud, viejo amigo.
¡Va por ti, Chopin!
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Por cierto en este enlace, tenéis una patética versión de dicho preludio que es digna de escuchar. Sobre todo… ¡el perro ladrando!